lunes, 27 de diciembre de 2010

Hija

Era la primera vez que la pequeña veía una escena como esa, inocentemente y a la vez asombrada, con una enorme curiosidad que mostraba en su carita de niña buena.



-Mami, el Sol se está hundiendo. -Me dijo, volteándome a ver con preocupación y jalando mi blusa con una mano.



Reí para mis adentros, reí con una inmensa ternura, hacía tiempo que un sentimiento como ese había tocado mi corazón; un alma pura... justo a mi cuidado, y proveniente de mi ser también, un recuerdo de cuando alguna vez, quizá, también creí que el Sol se hundía. Mi niña me miraba extrañada, no comprendía por qué de pronto mi risa interna se convirtió en lágrimas, unas pequeñas gotas que tal vez para ella habrían significado que me encontraba triste, pero para mí, sólo era una manera de expresar lo que envolvía mi alma. Sentí una grata compasión en todo mi cuerpo.



-Mami, no llores, yo me encargaré de salvarlo. -Decía. -Mira, hay que decirle a ese señor que nos lleve en su barquito. -Insistía señalando un pequeño bote en la lejanía.



-No mi cielo, el Sol está bien, desde donde estamos parece que se está metiendo al agua, pero en realidad está atrás, muy lejos de aquí. -Intenté explicarle.



¿Entonces está atrás?, ¿Qué hay detrás del agua, mami? -Preguntó, de nuevo sorprendiéndome con su curiosidad.



-Pues están los planetas, las estrellas...



-Yo quiero ir allí. -Me dijo decidida.



No pude decir más, de nuevo aquel sentimiento me invadía. "Algún día llegarás allá, hija, tenlo por seguro" me pensé, pero justo en aquel momento, parecía que yo ya no estuviera pisando la tierra.



Cualquier cosa se puede imaginar, cualquier cosa puede ser amada, así que puedes amar lo imaginario, o imaginar el amor. Y qué puedo decir, fue una dulce experiencia, inigualable, el haber imaginado el amor de una hija que nunca existió.

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